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Al-Mu’tamid

LOS ‘ABBÂDÍES, REYES DE SEVILLA

Abbâdíes (Banû ‘Abbâd, en árabe) es el nombre de una dinastía que reinó durante la mayor parte del siglo XI en la parte sudoeste de al-Ándalus, con Sevilla como capital. Sevilla, que comenzó siendo uno más de los pequeños reinos en que se dividió al-Ándalus con la desintegración del califato omeya de Córdoba, pasó a convertirse en el centro de un intento, consciente o inconsciente, de reunificación.

El desmembramiento del califato cordobés y la fragmentación política del país en beneficio de los reyes de taifas (mulûk at-tawâif) -época de aventureros y de indudable esplendor cultural a pesar de las divisiones-, fueron aprovechados por el cadi (juez) de Sevilla Abû l-Qâsim Muhammad ibn ‘Abbâd para proclamarse en 1023 como máxima autoridad en la ciudad. Era hijo de un ilustre jurista andaluz, Ismâ‘îl ibn ‘Abbâd. Cuando se arrogó el poder, comenzó por reconocer la soberanía del rey hammûdi Yahyâ ibn ‘Ali  de Málaga, pero pronto desechó esta marca de sujeción, que de todas maneras era meramente nominal. Hay poca información sobre su reino, que estuvo consagrado sobre todo a dirimir diferencias con la dinastía de los ÿahwaríes de Córdoba y otros pequeños señores del sur de Andalucía. Murió el año 1042.

Su hijo, Abû ‘Amr ‘Abbâd ibn Muhammad, fue, en el curso de su reinado de casi treinta años (1042-1069), quien agrandó considerablemente el territorio del principado de Sevilla, convirtiéndose en el campeón de la causa andaluza contra la influencia de los bereberes cuyo número había aumentado considerablemente en la época de al-Mansûr (Almanzor) y sus descendientes, quienes se habían apoyado en los africanos para sus campañas contra los cristianos y para mantenerse en el poder en Córdoba antes de la disolución del califato.

Cuando sucedió a su padre, el nuevo rey de Sevilla, que contaba entonces veintiséis años, tomó el título honorífico (láqab) de al-Mu‘tadid billâh, bajo el que es más conocido. Dotado de auténticas cualidades políticas, al-Mu‘tadid se propuso reunificar al-Ándalus. Desde su advenimiento, al-Mu‘tadid continuó la lucha empezada por su padre contra la pequeña dinastía bereber de Carmona. Al mismo tiempo, se preocupó por extender su reino hacia el oeste, entre Sevilla y el océano Atlántico: con este objetivo desafió y atacó a los señores de Mértola y Niebla. Ante los éxitos del rey de Sevilla, los otros mulûk at-tawâif formaron contra él una especie de liga enla que entraron los príncipes de Badajoz, Algeciras, Granada y Málaga. Se inició así una guerra entre la dinastía ‘abbâdí de Sevilla y la dinastía aftasí de Badajoz, que duró varios años a pesar de los intentos de mediación del príncipe ÿahwarí de Córdoba. Manteniendo su hostigamiento sobre las fronteras de Badajoz, al-Mu‘tadid desafió al señor de Huelva, de Saltes, de Silves y de Santa María del Algarbe, y acabó anexionándose sus principados.

Para justificar sus agresiones, al-Mu‘tadid afirmó estar defendiendo la causa del califa omeya Hishâm II, al que pretendía haber encontrado tras su oscura desaparición años antes. Pretendía restituir a ese seudo-Hishâm el califato cordobés, reunificado y pacificado. Para no atraerse la ira del rey sevillano, la mayor parte los jefes bereberes establecidos en las montañas del sur de Andalucía consintieron esa puesta en escena de un pretendido omeya y prestaron homenaje tanto al rey ‘abbâdí como al emir sacado a la luz por las necesidades de la causa de al-Mu‘tadid, pero al mismo tiempo cuidadosamente secuestrado por él. Pero la aceptación formal del príncipe omeya no bastaba a al-Mu‘tadid, que reunió en su palacio de Sevilla a los jefes bereberes y los hizo morir asfixiados en las termas cuyas oberturas hizo tapar. Así fue como se apropió de Arcos, Morón y Ronda.

Eso fue bastante para desatar el furor del más poderoso príncipe bereber de al-Ándalus, el zirí Bâdis ibn Habûs, rey de Granada, y que parecía el único capaz de hacer frente a al-Mu‘tadid. Abierta la guerra, la fortuna continuó favoreciendo al sevillano, que conquistó Algeciras a los hammûdíes de Málaga. Intentó apropiarse Córdoba y envió con ese objetivo una expedición confiada a su hijo Ismâ‘îl: éste quiso aprovecharse de la circunstancia para rebelarse y crear en su provecho un reino del que Algeciras sería la capital. Ese proyecto temerario le costó la vida. Y ese fue el comienzo de la carrera política de otro de los hijos de al-Mu‘tadid, Muhammad al-Mu‘tamid, que lo sucedería a su muerte: bajo las órdenes de su padre fue a prestar ayuda a los malagueños contra el rey de Granada, pero Bâdis derrotó al ejército sevillano y al-Mu‘tamid tuvo que refugiarse en Ronda desde la  que solicitó y obtuvo el perdón de su padre. Hacía ya tiempo, el rey de Sevilla había repudiado la fábula del seudo-Hishâm, de la que ya no tenía necesidad: él era el rey más poderoso e incontestable de Andalucía. No tenía más enemigos que los reyezuelos que impedían la reunificación de al-Ándalus, que. si bien eran musulmanes como él, estaban tan alejados de su ideal como los cristianos del norte de la Península.

Lot 4350 - ISLAMIC COINS. ABBASID. ABBASID GOLD. al-Mu’tadid, Gold Dinar, Qumm 288h, 3.05g (Bernardi 211Mm, 1Cuando el poderoso soberano de Sevilla murió el año 1069, su hijo Muhammad ibn ‘Abbâd, más conocido bajo el láqab honorífico de al-Mu‘tamid billâh tomó posesión de un reino considerablemente engrandecido y que englobaba la mayor parte del sudoeste de la Península ibérica.

En el segundo año de su reino, al-Mu‘tamid pudo anexionar a su reino el principado de Córdoba sobre la que habían reinado los ÿahwaríes. Ello supuso un agravio para el rey de Toledo, al-Ma’mûn. Un joven príncipe, hijo de al-Mu‘tamid, fue nombrado gobernador de la antigua capital de los omeyas. Pero, a instigación del rey de Toledo, un aventurero, de nombre Ibn ‘Ukkâsha, pudo, en el 1075, apoderarse por sorpresa de Córdoba, donde dio muerte al príncipe ‘abbâdí y a su general Muhammad ibn Martîn. Al-Ma’mûn tomó posesión de la ciudad, en la que murió seis meses después. A la vez herido en su amor de padre y en su orgullo de soberano, durante tres años al-Mu‘tamid desplegó vanos esfuerzos por recuperar Córdoba. Lo logró en 1078, dando muerte a Ibn ‘Ukkâsha y consiguió que toda la parte del reino de Toledo situada entre el Guadalquivir y el Guadiana pasara a formar parte del reino de Sevilla. Pero hizo falta toda la habilidad de su visir Ibn ‘Ammâr (el Abenamar de las crónicas cristianas) para que una expedición de Alfonso VI de Castilla contra Sevilla acabase pacíficamente mediante la aceptación del pago de un doble tributo.

Los príncipes cristianos supieron sacar provecho de las luchas sangrantes que dividían a los musulmanes en tâifas -pequeños reinos independientes en continua pugna-, y la ofensiva contra Andalucía avanzó tras el retroceso que le había impuesto el califato omeya y la dictadura de al-Mansûr y sus descendientes (los ‘âmiríes). A mediados del siglo XI, muchas de las pequeñas dinastías que reinaban en al-Ándalus -enfrascadas en rivalidades- se vieron obligadas a a buscar, mediante el pago de pesados tributos, la neutralidad temporal de sus vecinos cristianos, que, paradójicamente, eran la verdadera amenaza para su supervivencia. Los cristianos supieron aprovechar la debilidad política de los musulmanes y sacarle beneficio económico a la vez que progresaban hacia el sur. Poco tiempo antes de la sonada conquista de Toledo por Alfonso VI, en el 1085, al-Mu‘tamid comenzó a debatirse en las peores dificultades. Bajo los consejos imprudentes de su visir Ibn ‘Ammâr, al-Mu‘tamid intentó anexionar a su reino, después de Córdoba, también Murcia donde reinaba Muhammad ibn Ahmad ibn Tâhir. En 1078, Ibn ‘Ammâr se presentó ante el conde de Barcelona -Ramón Berenguer II- y le pidió su ayuda para conquistar Murcia mediante el pago de diez mil dinares; a la espera del pago de esta suma, un hijo de al-Mu‘tamid, ar-Rashîd, serviría de rehén. Después de movidas peripecias que acabaron con el pago de una suma tres veces más importante, Ibn ‘Ammâr retomó su proyecto de conquista de Murcia y lo consiguió pronto gracias a la ayuda del señor del castillo de Bilÿ (la actual Vilches), Ibn Rashîq. Pero una vez en Murcia, Ibn ‘Ammâr, de personalidad excéntrica, no tardó en hacerse intolerable para el rey de Sevilla. Tuvo que huir de Murcia, y se refugió sucesivamente en León, Zaragoza y Lérida. De vuelta a Zaragoza, intentó ayudar al príncipe de la ciudad, al-Mûtamin ibn Hûd en su expedición contra Segura, pero finalmente fue hecho prisionero y entregado a al-Mu‘tamid, quien, a pesar de los lazos de amistad que durante mucho tiempo los habían unido, lo mató con sus propias manos.

Mientras tanto, Alfonso VI ya no ocultaba su intención de conquistar Toledo, que había comenzado a bloquear desde el año 1080. Por desacuerdos en torno al tributo que debía pagar anualmente al-Mu‘tamid, Alfonso VI hizo una incursión contra el reino de Sevilla, destruyó las florecientes aldeas del Aljarafe y avanzó, por el distrito de Sidona hasta Tarifa, donde se glorificó de haber alcanzado el límite de al-Andalus.

La conquista final de Toledo por Alfonso VI fue un duro golpe para el Islam en Andalucía, ya que habría las puertas para un avance efectivo de los cristianos hacia el sur de la península. El rey de Castilla no tardó en exigir a al-Mu‘tamid la devolución de las posesiones que habían formado parte del reino de Toledo: una parte de las provincias de la actual Ciudad Real y Cuenca. Simultáneamente, aumentaba su presión sobre los demás reinos musulmanes de al-Ándalus. En todas partes, el pueblo andalusí exigía a sus príncipes que demandaran la ayuda del sultán almorávide Yûsuf ibn Tâshfîn que, en una progresión irresistible, se había ido adueñando del Magreb reunificándolo y fortaleciéndolo. Se decidió enviarle una embajada compuesta por delegados de Sevilla, Badajoz, Córdoba y Granada. Yûsuf ibn Tâshfîn decidió ayudar a los andaluces y atravesó el Estrecho de Gibraltar. Inflingió a los ejércitos cristianos aliados contra él una gran derrota en octubre de 1086 en Zallâqa, no lejos de Badajoz. Requerido en África, Yûsuf volvió a su poderoso reino. Los príncipes andaluces, que seguían envueltos en sus querellas, no supieron sacar provecho a la victoria del almorávide. Su incapacidad aumentó su desprestigio.

 Tras la partida de Yûsuf ibn Tâshfîn, las tropas cristianas comenzaron de nuevo a hostigar las fronteras de al-Ándalus, y los alfaquíes presionaron de nuevo para que se volviera a requerir el auxilio de los almorávides. Al-Mu‘tamid en persona se dirigió a Marrakech para pedir a Yûsuf que acudiera en ayuda de los musulmanes en Andalucía. El sultán almorávide cruzó por segunda vez el Estrecho en primavera del 1088 y comenzó el asedio de Aledo. Constató que la situación en Andalucía era irresoluble debido al egoísmo y avidez de sus príncipes. Estimulado por el sentimiento popular y los consejos de los alfaquíes, decidió reunificar al-Ándalus bajo su autoridad. En poco tiempo, consiguió decisivas y fáciles victorias en Tarifa, Córdoba, Carmona y Sevilla, que permitieron acabar con los reinos de taifas. Al-Mu‘tamid, hecho prisionero con sus mujeres e hijos, fue enviado primero a Tánger, después a Meknés y, por último, a Agmât, no lejos de Marrakech, donde llevó una existencia miserable durante varios años hasta que murió a la edad de cincuenta y cinco años, en el 1095. Con él acabó de la dinastía ‘abbâdí, que puede ser considerada, a pesar de las circunstancias de la época, como la más brillante del periodo de taifas y bajo la que las artes y las letras brillaron con un esplendor incluso superior a la de la Andalucía del siglo XI.

Si los andalusíes hubiesen compuesto cantares de gesta, su héroe indiscutible hubiese sido el rey al-Mu’tamid de Sevilla.

Vamos a bosquejar brevemente la vida de al-Mu’tamid, este enfoque se fundamenta en la convicción de que debemos decir: “además de poeta, fue rey”‘, y no viceversa. Por otra parte, no es de extrañar encontrar a un rey-poeta en el mundo islámico y mucho menos en al-Andalus, donde casi todos los soberanos versificaron. No obstante, la calidad literaria de las composiciones de al-Mu’tamid sobrepasa vertiginosamente la de otros, como se podrá comprobar.

De las numerosísimas anécdotas sobre la vida de al-Mu’tamid, rey-poeta de Sevilla, con las que se podría presentar al lector, se ha escogido la más conocida, por lo menos entre los estudiantes y aficionados a la literatura andalusí, porque da ejemplo perfecto de dos de sus cualidades más características como rey, como hombre y como poeta: la sensibilidad y la espontaneidad.

El príncipe Muhammad ibn ‘Abbad encontró en Silves a sus dos amores: a Ibn ‘Ammar y a Rumaykiyya. El encuentro con la mujer fue recreado por algún autor desconocido en una pequeña pieza literaria, que forma parte de la leyenda de al-Mu’tamid y que recordaremos aquí: el príncipe e Ibn ‘Ammar salieron un día disfrazados a pasear junto al rio -nunca se dice que fuese el Guadalquivir-, a un lugar llamado la pradera de plata. La brisa rizaba el agua y al-Mu’tamid improvisó un verso:

La brisa ha hecho del agua una cota de mallas.

Según la costumbre Ibn ‘Ammar debía continuar el poema, en el mismo metro y con idéntica rima, pero en aquel momento no le llegó la inspiración, pero una voz femenina recitó:

¡Qué loriga para el combate si se solidificase!

Sorprendido al-Mu’tamid se volvió hacia la mujer, que según una de las versiones estaba lavando en el río, y se encontró con un rostro bellísimo que le enamoró; le preguntó quién era y si estaba casada, y la muchacha contestó que era Rumaykiyya, que su oficio era ocuparse de las acémilas de su amo Rumayk ibn al-Haÿÿâÿ y que era soltera. Al-Mu’tamid se la llevó a su palacio y la desposó.

La historia es una creación literaria: los versos pertenecen a Ibn Wahbûn de Murcia y a Ibn Hamdîs de Siracusa, que los dijeron junto al Guadalquivir, pero el relato recrea un hecho histórico: el enamoramiento del príncipe ‘abbadí de una esclava llamada Rumaykiyya, a las orillad del río Silves, añorado en los versos de al-Mu’tamid, y en donde, tal vez, podamos identificar con Rumaykiyya, a la muchacha del brazalete curvado, cuyo recuerdo destacaba entre las demás.

Rumaykiyya se convertiría en la única esposa legítima del numeroso harén de al-Mu’tamid, con el título de as-Sayyida al-Kubrà, o gran señora y con el nombre de Umm Rabî’ I’timâd, de cuyas letras formaría al-Mu’tamid su propio nombre real.

El amor entre la pareja duró durante toda la vida de ambos. Al-Mu’tamid olvida su personalidad dominante y se vuelve sumiso ante el amor femenino, como perfecto enamorado cortés. El mismo se lo dice a I’timâd:

Me dominas, objetivo difícil de alcanzar:

has encontrado que mi amor, es fácil de llevar.

Y Rumaykiyya supo someter el corazón de su amante, mostrándose unas veces esquiva y otras veces entregada, en un juego que permitió que persistiese la llama juvenil encendida en Silves. Así al-Mu’tamid se queja de su desvío en este bello poema:

El corazón persiste y no cesa;

la pasión es grande y no se oculta;

las lágrimas corren como las gotas de lluvia,

el cuerpo se agosta con su color amarillo;

y esto sucede cuando la que amo, a mí me está unida:

¿Qué sería, si de mí se apartase?

Jamás en la historia de al-Andalus floreció tan brillante y genialmente la poesía como durante el reinado del tercer y último rey ‘abbádí de Sevilla, al-Mu’tamid ibn ‘Abbád.

La anterior anécdota, además de su fuerte sabor romántico, demuestra a cuántos niveles sociales penetró el sentimiento poético entre los sevillanos de la penúltima etapa de desarrollo cultural de lo andalusí, en suelo también andalusí. Ya constituye casi un lugar común hablar de la vida de al-Mu’tamid como “pura poesía en acción”, como dijo Emilio García Gómez. Desde luego, esa afirmación es cierta, pero no lo es menos el que el Reino de Sevilla y sus habitantes aportaran el ambiente fundamental para que la poesía floreciera de modo tan generalizado, desde la más humilde esclava hasta el mismo rey.

Fue una feliz y afortunada mezcla vital de poesía y pueblo, pueblo y poesía, que permitió una actuación de ambos tan compenetrada que apenas se distinguían. Todo esto cargó el mundo sevillano de dulce ensueño y un sentido, no siempre falso, de bienestar.

Cuando I’timâd ar-Rumaykiyya ya llevaba varios años como favorita de al-Mu’tamid, quien no sólo la amaba, sino que se dejaba arrastrar por su desenfrenada pasión hacia ella, se asomó un día por una ventana del palacio real y vio a algunas mujeres pisando barro para preparar ladrillos. Esto le recordó sus días de mozuela cuando solía hacer lo mismo y quebró en sollozos nostálgicos. Pidió a su marido, con gran demostración de enfado, que le dejara hacer lo mismo. Al-Mu’tamid hizo llenar una alberca, según D. Juán Manuel, de “azucar, canela, jenjibre, ámbar y algalia con otras especies y perfumes”. Luego dio orden que se mezclara todo con agua de rosas. En este barro permitió a I’timâd pisar alegremente en compañía de sus amigas e hijitas.

La pasión juvenil se convertiría con los años en un amor sereno, sólo perturbado por las obligadas ausencias de al-Mu’tamid que se despedía con bellos versos de amor. El famoso acróstico en el que cada verso comienza con una letra del nombre de I’timâd, es una de estas despedidas:

Invisible tu persona a mis ojos,

está presente en mi corazón;

Te envío mi adiós con la fuerza de la pasión,

con lágrimas de pena, con insomnio;

Indomable soy, y tú me dominas,

y encuentras la tarea fácil;

Mi deseo es estar contigo siempre

¡Ojalá pueda concederme ese deseo!

¡Asegúrame que el juramento que nos une,

no se romperá con la lejanía;

Dentro de los pliegues de este poema,

escondí tu dulce nombre I’timâd.

El Islam no condena el placer, pálido reflejo de las delicias del paraíso (ÿanna), pero sí su exceso. Este fue el error de al-Mu’tamid: su desmedida sensualidad. Ibn al-Abbâr, por ejemplo, alaba su carácter generoso e indulgente y poco proclive a derramar sangre, al contrario de su padre, el sanguinario al-Mu’tadid, pero afirma que la causa de su perdición, fue su excesiva entrega a los placeres, al vino y a la poltronería.

Las fuentes tardías, influidas por la historiografía literaria que rodea a al-Mu’tamid y a I’timâd, acusan a esta última de ser la causa de la decadencia moral del reino de Sevilla, por boca de los alfaquíes se dice que ella era la causa de la debilidad de las prácticas islámicas de la población. Este importante papel de corruptora de los sevillano, difícilmente podía ser desempeñado por I’timâd, a la que las fuentes contemporáneas a los hechos, no destacan de las otras concubinas que acompañan a al-Mu’tamid en el destierro, como madres de sus hijos. Es interesante señalar, por el contrario, que la única huella arqueológica que dejó la existencia de I’timâd, es una lápida que conmemora la construcción de un alminar de una mezquita en Sevilla, y que ella costeó, acto muy alejado de esa imagen anacrónica de corruptora del pueblo.

Lo cierto es que I’timâd siguió siempre a su esposo, tanto en los placeres como en sus desgracias. Con él fue al destierro y su presencia, como madre doliente, aún aparece en los versos del exilado.

La persona y el reinado de al-Mu’tamid aportaron mucho a la definitiva forja de algunos rasgos que hoy se identifican con “lo andaluz”. Por ejemplo, lo que podríamos llamar el “fatalismo feliz” en la siguiente historia:

Después de largo tiempo de estar aterrorizando los caminos de Sevilla, las autoridades lograron capturar al famoso bandido apodado “El Halcón Gris”‘, -y lo crucificaron en los alrededores de la ciudad. Mientras esperaba así la muerte, con su mujer e hijos al pie de la cruz, dando grandes lamentaciones, un mercader de trajes pasó por el camino. El Halcón Gris imploró al hombre que se acercase. Le explicó cómo había llegado a esa lastimosa situación y que quería terminar su vida con una obra en beneficio de los que estaban a punto de convertirse en viuda y huérfanos. Hacía poco, dijo, había robado una gran cantidad de dinero y, antes de su arresto, lo arrojó a un pozo que se encontraba a dos pasos de aquel sitio. Le indicó el camino rogándole recoger el dinero y entregarlo a su mujer. En cuanto el avaricioso mercader bajó al pozo por una soga el ladrón mandó a su mujer que la cortara. Siguiendo sus instrucciones llevó el burro del mercader y todos sus bultos al mercado de Sevilla y lo vendió todo por una importante suma de dinares. Cuando por fin los gritos lanzados desde el fondo seco del pozo fueron oídos y el hombre sacado de allí, las noticias de lo sucedido corrieron por Sevilla. Al-Mu’tamid, maravillado, mandó bajar al ladrón de la cruz y traerle a su presencia. Le preguntó cómo era posible que, balanceándose entre el Paraíso y el Infierno, se le hubiera ocurrido cometer un crimen más. El Halcón Gris le contestó que si el rey supiera lo delicioso que es engañar a la gente, dejaría su trono para dedicar su vida al bandidaje. Al-Mu’tamid le perdonó la vida y le dio un puesto en la guardia real.

Este cuento demuestra no sólo la generosidad de al-Mu’tamid y la astucia del ladrón sino, y esto es más importante, el aprecio que tuvieron los sevillanos por estas dos cualidades.

El tema de la generosidad en la poesía de al-Mu’tamid es una constante muy destacable a lo largo de su desarrollo poético. Le gustaba que el pueblo lo conociera así.

Incluso financió una especie de academia de poetas, fundada por su padre, en que los mejores versos fueron espléndidamente recompensados. Otros monarcas de estos tiempos, también dedicados a la poesía, reunían en sus cortes a poetas de menor talla ya que, como observaba Abu-1-‘Arab Mus’ab as-Siyilli, “(al-Mu’tamid) era uno de los maestros del arte (de la poesía), y muchas veces los poetas lo evitaban por eso, salvo que conocían su superioridad y tenían confianza en ella”.

En una ocasión ‘Abd al-Yalil ben Wahbún de Murcia expresaba en verso su duda acerca de un rey fabuloso que regaló mil pesos (mizqál) a un poeta cuyos versos fueron de su agrado. A1 oír esto al-Mu’tamid mandó darle en seguida dicha cantidad.

Sería interesante calcular en términos generales el dinero que al-Mu’tamid regaló a sus poetas y súbditos. Hay un sinfín de cuentos sobre esta prodigiosa generosidad del último rey ‘abbadí, algunos veraces, otros no tanto. Además de estos regalos tenía que abonar dinero, de “protección'” como diríamos ahora, a Alfonso VI, igual que hacía su padre a Fernando I. Incluso una vez pagó 30.000 pesos a Ramón Berenguer II para rescatar a su hijo torpemente entregado por Ibn ‘Ammar. E1 tesoro del reino sevillano parecía un pozo sin fondo.

Sobre todo, a al-Mu’tamid le gustaban sus brillantes tertulias (maÿlis) entre amigos poetas, esbeltos coperos y coquetonas esclavas cantoras. Para entrar en su círculo íntimo de confidentes había que mostrar no sólo una gran capacidad versificadora, sino también de improvisación. Después de la toma de Sicilia por los normandos en 1078 el poeta de Siracusa llamado Ibn Hamdis pasó a al-Andalus tras una corta estancia en Túnez. Intentó granjearse el favor de al-Mu’tamid, pero durante mucho tiempo éste no le hizo caso. Por fin, una noche el monarca ‘abbádí le llamó al palacio para poner a prueba su habilidad poética. Por una ventana se veía a lo lejos una fábrica de vidrio en la cual se observaban dos luces procedentes de sendos hornos. Al-Mu’tamid improvisó:

Míralos, como dos estrellas en la oscuridad.

Ibn Hamdis respondió:

Como 1a ronda entre sombras del león.

Dijo al-Mu’tamid cuando las puertas de los hornos se cerraban:

Abre los ojos, luego los cierra.

Ibn Hamdis:

Como los párpados de ojos inflamados.

Dijo al-Mu’tamid cuando vio que las puertas se abrieron de nuevo y entonces se cerró sólo una:

Mas el Destino vence la lumbre de uno.

Ilm Hamdis terminó así:

¿Quién se salva de sus garras?

En otra ocasión, le llamó la atención a al-Mu’tamid el paso sensual de una bella muchacha vestida con un traje tan ligero que casi era transparente. Llamó a la chica y le vertió un gran frasco de agua de rosas encima. Compuso entonces este verso:

Me enamoré de su fina cintura y paso seductor entre lanzas y espadas.

Lo mandó a Abu Walid al-Batalyausi, llamado al-Nahli, para que lo terminara. Éste le envió rápidamente unos hermosos versos que empiezan así:

Su belleza es seductora y su piel tan delicadísima que casi, se ve su interior por fuera.

Está mojada de agua rosal; de su hermoso cabello caen gotitas como el rocío del ala de un pájaro.

Sin embargo, no todos los poetas estaban satisfechos con la vida en la corte de al-Mu’tamid. Abu-l-Muzarrif ben al-Dabbag, por ejemplo había sido acusado de pintarse los dedos, cosa permitida únicamente a las mujeres. Compuso entonces estos versos:

Sevilla desdeña a los nobles, acusándoles de actos reprochables, mientras alaba a los imbéciles insulta a los de valor.

A esto respondió Ilm ‘Ammár:

Tu poema es ridículo, y tus acciones frívolas.

¿Cuándo Sevilla no honró a los nobles, o despreció más que viles criminales?

Pero el poeta con quien más contacto tuvo, y quien cambió su vida y la historia del reino, fue el poeta-aventurero Ibn ‘Ammár. Un día mientras paseaban juntos oyeron la lejana llamada de un almuédano. Al-Mu’tamid improvisó:

El almuédano comenzó su llamada.

A esto le respondió Ibn ‘Ammar:

Suplicando así el perdón de Allah.

Al-Mu’tamid:

Bendito sea el que da testimonio de la verdad.

Ibn ‘Ammár:

Sólo si su intención es tan veraz como su lengua.

Ni siquiera los contratiempos militares, que claramente pregonaban la inminente caída, podían refrenar la búsqueda de la perfecta metáfora o la más elegante y refinada expresión. Más bien al contrario, como suele ocurrir en el arte cuando las circunstancias parecen desesperadas.

Aún cuando sobrevino el desastre de 1091, siguió funcionando la mágica compenetración entre el rey y su reino. Al-Mu’tamid, desde su penoso destierro en el Norte de África, compuso los mejores poemas de su diwán utilizando con gran efecto uno de los elementos sentimentales más inherentes en la poesía árabe: la añoranza por el campamento abandonado.

De todos los poetas de la corte de al-Mu’tamid el más fiel fue sin duda, Ibn al-Labbâna. Compuso un largo poema lamentando la caída del poder de los ‘Abbadíes. Al final del mismo describía la última despedida de Sevilla de al-Mu’tamid, su querida I’timâd y algunos hijos que aún quedaban con vida, cuando se dirigían a su destierro africano:

Jamás olvidaré la amanecida

junto al Guadalquivir, cuando en las naves,

estaban como muertos en sus fosas.

La gente se apretaba en las riberas

mirando aquellas que flotaban

sobre los blancos lechos de la espuma.

Descuidadas las vírgenes, los velos

destapaban los rostros, que, cruelmente,

más que los mantos, el dolor rasgaba

Cuando llegó el momento ¡Qué tumulto

de adioses! ¡Qué clamor el que a porfía

las doncellas lanzaban y galanes!

Partieron, con sollozos, los bajeles,

como la caravana perezosa

que arrea con su canto el camellero

¡Ay, cuánto llanto se llevaba el agua!

¡Ay, cuántos corazones se iban rotos

en aquellas galeras insensibles!

Al-Mu’tamid vio morir a sus hijos más queridos, a los hijos nacidos de Rumaykiyya, y los lloró en su destierro. Lloró a al-Ma’mûn y ar-Râdî en el siguiente poema:

La tórtola llora al ver dos enamorados juntos en el nido,

al atardecer, porque ella ha perdido a su amado;

Llora sin lágrimas, mientras las mías

son más abundantes que las gotas de lluvia;

su zureo, la descubre y prefiere guardar su

secreto, sin emitir gemido;

más ¿por qué no voy a llorar yo? ¿Mi corazón es de

piedra?, pues aún de las piedras brotan los ríos.

Ella llora a un solo ser amado que ha perdido,

¡Yo lloro a muchos de los míos!,

a mi hijito pequeño, a mi amigo fiel,

a aquél le desgarra la miseria, a éste le ahogó el mar;

y a aquellas dos estrellas, ornato del mundo,

que reposan en sus tumbas, uno en Córdoba, el otro en

Ronda. Sería culpable si impidiese llorar a mis párpados,

pues sólo se cura el alma con la resignación;

Di a las brillantes estrellas que lloren conmigo

por ellos dos, que eran como estrellas, rutilantes astros.

La enfermedad de su esposa, aumentó la desesperación de al-Mu’tamid. El que amaba tanto la vida, dice al médico que cuidaba de I’timâd:

¿Acaso la muerte no es preferible a la vida,

para un desgraciado de desdicha larga?

Si cada uno desea encontrar su amor

yo no deseo sino hallar la muerte.

Muertas la esperanza e I’timâd, el prisionero languidece rápidamente. Sintiéndose morir, compones su propio epitafio en que describe, si no lo que fue, lo que quiso ser:

Mullan las nubes con perenne llanto

tu blanda tierra, oh tumba del exilio

que del rey Ibn ‘Abbad cubres los restos.

Guardas con él tres ínclitas virtudes

-ciencia, merced, clemencia, congregadas;

la fértil abundancia que las hambres

vino a extirpar, y el agua en la sequía.

Cobijas al que lides riñó invicto

con la espada, la lanza, y con el arco;

el que al fiero león fue dura muerte;

émulo del destino en las venganzas;

del océano en derramar favores;

de la luna en brillar entre sombras;

la cabecera del salón.

Si cierto:

no sin justicia, con rigor exacto,

un designio celeste vino a herirme.

Pero, hasta este cadáver, nunca supe

que una montaña altísima pudiese

caber en temblorosas parihuelas.

¿Qué quieres más, oh tumba? Sé piadosa

con tanto honor que a tu custodia fían.

El rugidor relámpago ceñudo,

cuando cruce veloz estos contornos,

por mí, su hermano -cuya eterna lluvia

de mercedes refrenas con tu laud-

llorará sin consuelo. Y las escarchas

en ti lágrimas suaves, gota a gota,

destilaran los ojos de los astros,

que darme no supieron mejor suerte.

¡Las bendiciones del Señor desciendan,

insumisas a número, incesantes,

sobre quien pudre tu caliente seno!

Tras el fallecimiento de I’timâd, al-Mu’tamid no tardó sino unos meses en seguirla (1095/488). Su mejor epitafio fue sin duda las palabras de Ibn al-Abbâr, tomadas seguramente de Ibn al-Labbâna:

Se ganó el amor y la compasión de las gentes: aún hoy le lloran.

F: musulmanes andaluces

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